Forli
03/09/2006, 12:32 PM
Este es el primero de los 37 cuentos cortos del magnìfico libro "El himen como obstáculo epistemológico" (Relatos sexuales de una filósofa), autoría de la gran Esther Díaz. Ojalá lo disfruten.
Mater immaculata
Debajo de la parra ella y él han creado un volumen de amor y deseo. La mujer sentada en la hierba lo abraza tiernamente. Ella mira esa boca ansiosa que absorbe sus jugos como una langosta de peluche. El le devuelve la mirada alzando los dos glóbulos parduscos salpicados de manchitas amarillas casi imperceptibles. Sus pupilas centellean como encendidas por las pupilas de la mujer, cuyo pecho se asoma más allá del vestido. El esta desnudo. El viento juega con el follaje permitiendo que el sol se inmiscuya en la escena arrojando medallones de luz. El engarce perfecto de la boca y el pezón adormece la percepción de los estímulos exteriores. Desaparecen lentamente los ruidos de las rutas lejanas, se apaga el pacífico zumbido de las abejas, se silencia muellemente el delicado sonido de hojas mecidas por el viento, se apaga sin pena ni gloria el trino de los pichones. Ni frío ni calor. Ni ruido ni olor. Solo tacto y gusto. Se acoplan fuertemente en esa máquina de carne, en ese órgano independiente formado por los labios y la teta. Chupa u chupa. Ella le acaricia tiernamente la cabeza. “Mi chiquito”, le dice. El recibe el estímulo y se afana en esa tarea que parece estar al servicio de devorarla. Los ojos de ella comienzan a nublarse. Por la punta de su seno le va introduciendo un dulzor similar al que ese mismo seno expele hacia la boca que la exprime. A él la dulzura le entra por la boca. A ella, por el pezòn rosado; le corre por el plexo solar, viborea en el ombligo, le hegemoniza el vientre, baja y baja. Por primera vez en su vida se siente penetrada desde adentro. La intensidad ahora se le instala en el fondo del útero, corre por las paredes de la vagina y se acumula en el clítoris. La fuerza del dulzor se esparce por la vulva con tanta densidad que el terremoto de un orgasmo estalla en ese epicentro orlado de luz interior. El orgasmo se resuelve en un suspiro intenso. Pero el goce, de pronto, se torna doloroso. Su pezòn, sensibilizado por el pico de placer, ya no soporta la mamada compulsiva. Sosteniendo la cabeza de él entre sus manos lo aparta del seno. La ávida boca absorbe sólo aire. El bebé comienza a llorar una de sus primeras frustraciones. La madre deja caer su cabeza sobre el pasto con los ojos mirando hacia un entorno que le va devolviendo los ruidos, los olores, los colores, el viento y el calor. El niño, despechado, sólo atina a llevar su mano hacia el pequeño mástil que le servirá de falso consuelo en todos los futuros desengaños que irremediablemente le aguardan en el porvenir. Ella, arrepentida de su gesto de alejamiento, pero sin poder soportar nuevamente la boca en su seno, apacigua al niño acariciando con sus dedos la diminuta eminencia.
Mater immaculata
Debajo de la parra ella y él han creado un volumen de amor y deseo. La mujer sentada en la hierba lo abraza tiernamente. Ella mira esa boca ansiosa que absorbe sus jugos como una langosta de peluche. El le devuelve la mirada alzando los dos glóbulos parduscos salpicados de manchitas amarillas casi imperceptibles. Sus pupilas centellean como encendidas por las pupilas de la mujer, cuyo pecho se asoma más allá del vestido. El esta desnudo. El viento juega con el follaje permitiendo que el sol se inmiscuya en la escena arrojando medallones de luz. El engarce perfecto de la boca y el pezón adormece la percepción de los estímulos exteriores. Desaparecen lentamente los ruidos de las rutas lejanas, se apaga el pacífico zumbido de las abejas, se silencia muellemente el delicado sonido de hojas mecidas por el viento, se apaga sin pena ni gloria el trino de los pichones. Ni frío ni calor. Ni ruido ni olor. Solo tacto y gusto. Se acoplan fuertemente en esa máquina de carne, en ese órgano independiente formado por los labios y la teta. Chupa u chupa. Ella le acaricia tiernamente la cabeza. “Mi chiquito”, le dice. El recibe el estímulo y se afana en esa tarea que parece estar al servicio de devorarla. Los ojos de ella comienzan a nublarse. Por la punta de su seno le va introduciendo un dulzor similar al que ese mismo seno expele hacia la boca que la exprime. A él la dulzura le entra por la boca. A ella, por el pezòn rosado; le corre por el plexo solar, viborea en el ombligo, le hegemoniza el vientre, baja y baja. Por primera vez en su vida se siente penetrada desde adentro. La intensidad ahora se le instala en el fondo del útero, corre por las paredes de la vagina y se acumula en el clítoris. La fuerza del dulzor se esparce por la vulva con tanta densidad que el terremoto de un orgasmo estalla en ese epicentro orlado de luz interior. El orgasmo se resuelve en un suspiro intenso. Pero el goce, de pronto, se torna doloroso. Su pezòn, sensibilizado por el pico de placer, ya no soporta la mamada compulsiva. Sosteniendo la cabeza de él entre sus manos lo aparta del seno. La ávida boca absorbe sólo aire. El bebé comienza a llorar una de sus primeras frustraciones. La madre deja caer su cabeza sobre el pasto con los ojos mirando hacia un entorno que le va devolviendo los ruidos, los olores, los colores, el viento y el calor. El niño, despechado, sólo atina a llevar su mano hacia el pequeño mástil que le servirá de falso consuelo en todos los futuros desengaños que irremediablemente le aguardan en el porvenir. Ella, arrepentida de su gesto de alejamiento, pero sin poder soportar nuevamente la boca en su seno, apacigua al niño acariciando con sus dedos la diminuta eminencia.